Opinión

Debió ser durante la época del gran apogeo de los salones arcade. Por aquel entonces, las limitaciones tecnológicas obligaban a proponer unos videojuegos cuyo principal atractivo residía en el desafío, en el mero hecho de superar un escalón que nos permitiría acceder a otro más elevado y difícil. En ese reducido contexto, los más jóvenes debieron entrar en una dinámica competitiva y de autoafirmación. E inevitablemente ocurrió.

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Aquellos jugadores comenzaron a traficar con una fea expresión que no sólo ha perdurado hasta nuestros días, sino que se ha consolidado hasta llegar a ser de uso cotidiano y casi exclusivo de este mundillo. Lo más lamentable (y allá voy con la frasecita) es que no se conformaron con decir “he pasado la pantalla”. No. En un alarde de egocentrismo tuvieron que añadirle la forma reflexiva y redondearon la frase con aquello de “me he pasado la pantalla”.

Con el transcurso de los años los videojuegos experimentaron una notable transformación. Desarrollaron una cierta capacidad narrativa, nos ofrecieron la posibilidad de asumir diferentes roles, y por fin se barajó la posibilidad de estar ante experiencias virtuales más menos interactivas. Pero aunque en la mayoría de los casos el aspecto desafiante sufrió una merma considerable, la gente siguió expresándose en los mismos términos: “me lo paso por aquí”, “me lo paso por allá”.

Hablar de “pasarse los juegos” implica trivializar la experiencia que nos podrían proporcionar. Es como reducirlos a un simple enfrentamiento entre el hombre y la máquina, un enfrentamiento absurdo y desigual, puesto que todos los videojuegos que salen al mercado están diseñados para “caer derrotados” ante cualquier persona con una mínima perseverancia. Y todos sabemos que en los últimos tiempos esas “victorias” son cada vez menos meritorias. Indudablemente es fundamental abogar por mayores desafíos, de hecho es una de las máximas del G97, pero la experiencia global y la capacidad de inmersión son valores que quizá deberían prevalecer (al menos en el lenguaje) por encima de ningún otro.

Desconfíen ustedes de todo individuo que pronuncie la frase: “ya me he pasado el Hitman”. Es muy probable que, efectivamente, el sujeto en cuestión haya logrado terminar el juego pero, ¡a saber qué habrá estado haciendo con nuestro impertérrito Agente 47! Resulta difícil no replicar: “vale, te lo has pasado, pero haciendo qué… ¿el ganso?, ¿el indio?, ¿corriendo de un lado para otro?”. Lo dicho, desconfíen.

Bastaría con salir del contexto de los videojuegos para apreciar el lado rastrero de la expresión. Al margen de las particulares preferencias futbolísticas, uno podría aceptar que “el Real Madrid pasó a la siguiente ronda de la Champions eliminando al Inter de Milán”. Por el contrario, sería mucho menos presentable escuchar que “el Real Madrid se pasó al Inter de Milán”, porque cabría preguntarse ¿por dónde se lo pasó? ¿por la piedra? ¿por el arco del triunfo? Los italianos nos podrán caer mejor o peor pero se merecen un respeto. Y si los italianos merecen respeto, los videojuegos y quienes los hacen, también.

La acepción videojueguil de “pasarse” tiene unas connotaciones similares a “cepillarse”, “ventilarse” o “despacharse”. Formaría parte de un vocabulario que implica menosprecio y sería propia de glotones y tragaldabas, de individuos que un día perdieron su capacidad para saborear y ahora se limitan a deglutir.

Unas veces empleamos determinadas expresiones por la fuerza de la costumbre y no reparamos en sus implicaciones. En otras, en cambio, somos plenamente conscientes de sus matices. En cualquiera de los casos, sepan ustedes que frente a los que manifiestan una displicente soberbia afirmando eso de “ya me lo he pasado”, hay quienes encaran los videojuegos con un ánimo muy diferente: el de disfrutarlos, saborearlos, vivirlos, y por supuesto… terminarlos.